Sentía un horror intenso en su mirada. no sabía qué era. Pero que más daba. En mi cabeza tan solo se repetía una y otra vez la misma pregunta: ¿por qué? ¿por qué? ¿POR QUÉ? Era absurdo, ni siquiera alcanzaba a comprender qué motivaba aquel interrogante. Qué porqué ni qué puñetas? aquello había sido un error, y no cabían preguntas. No por el momento. Era hora de respirar hondo, aguantar las lágrimas y repetirse (hasta creerlo): ¿y por qué esto iba a acabar conmigo? y en esas estaba. O al menos lo intentaba. Por que a decir verdad, mis mejillas seguian mojadas mientras trataba de disimular mi mal llevada dicha.
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