dimarts, 29 de desembre del 2009

(...)

.
.
.
Podria tragarme el orugllo que siento cuando pienso en la absoluta distancia entre los sentimientos ordinarios y los que experimento al sentir eso que ahora llamaria amor. Podria tragarmelo, claro. Yo y muchos otros podriamos callarnos las pequeñeces que hacen que unas y otras existencias encuentren nexos de unión. Las vidas de los que nos rodean, a menudo, pueden ser muy parecidas a las nuestras. Siento amor y lo defino así y asá. Sí, vale, pero lo defino a partir de una comparación inevitable con respecto de aquello que me han contado, he leido o visto en la pantalla. Sí. Pero lo mismo que podria escuchar, leer y ver cualquiera de los que me rodean (¿por qué no?). El caso es que no. Que lo que a mi me cuentan, lo que yo leo y veo siempre tiene esa pizca de particularidad que me sigue haciendo creer en la originalidad, si se quiere, de mi propio sentimiento. El orden de lo recibido, quien te lo traiga, a que me sabia la boca en el momento justo de absorber aquellas inevitables referencias para comparar.
Así que. Diremos que siento un amor de esos que duelen, de esos que hacen sentirte impotente. Fuera del juego y el destino del curso de ese sentimiento. Nada de amores fallidos por no decir esto o aquello, por no acudir al lugar el dia y en el momento exacto. No se trata de un amor fallido lleno de arrepentimientos por haber actuado mal, muy mal o peor. Se trata de un dolor provocado por la fatalidad del mismo sentimiento, por no ser capaz de dejar de sentirlo, pues cualquier alternativa en mi mano resulta desastrosamente dolorosa.
Quisiera dejarlo aquí. Deciros que lo superaré, que será pronto y sobreviviré.
Pero no es así, no sé tan siquiera si lo será.
Claro, es el amor.¿A qué sentimiento se han dedicado más horas de escritura?
Quiero quererlo sin que duela, y ya. O dejar de hacerlo sin perderme en el intento.
En verdad no sé ni qué quiero. Ni si quiero.