
Hace un frío increíble. Automáticamente noto como las mejillas y la punta de mi nariz se enrojecen con las bajas temperaturas. Es agradable sentir por fin a mi cuerpo reaccionar con algo que viene de fuera y no de dentro. Solo entonces me doy cuenta de cómo necesitaba salir de casa.Camino calle arriba sin rumbo geográfico definido. Solo quiero andar hasta aclarar un poco mi cabeza, esa es la meta. Ando hacia lo alto del pueblo, pues si ando ordenando esas ideas el esfuerzo es inapreciable, y además de este modo, cuando llegue a la meta me será mucho más placentero (y rápido) volver corriendo a casa. Sí. Ese es mi rumbo: hacia arriba, tanto como pueda. De repente me doy cuenta de que eso seria como tratar de conservar el orden en el cosmos. Mis ánimos están por lo suelos; compensémoslo subiendo físicamente. Bah! Si fuera tan fácil…No he dejado de andar ni un segundo. Las calles parecen desiertas. Como debe ser. Mejor. Avanzaba sin preocuparme por esquivar ningún charco, empezaba a arrepentirme por haberme puesto esas botas que no dejan pasar ni una pizca de agua. Necesitaba mucho contactar con el exterior. Quería que los charcos me mojaran. Fugazmente cruzó por mi mente un pensamiento estúpido: “descálzate y sigue andando”. Era estúpido, más que eso: completamente imbécil. Miré hacia ambos lados de la calle. Nadie (¿Qué esperaba?). Cuando quise darme cuenta mis vaqueros andaban mojados casi hasta las rodillas. El agua subía lenta pero incesantemente desde el bajo de mis pantalones hacia arriba. Mis pies ya hacía rato que había dejado de sentirlos. Fueron del calor a quedar como dormidos pasando veloz e intensamente por el dolor de quedar casi congelados. ¿Me gustaba ese dolor? No estoy segura, en realidad no dolía tanto: solo era frío. Solo frío. Decidí alejarme de ese charco y seguir avanzando hacia la meta.
K.
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